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Cuento: Carta al ladrón de mi bicicleta

Posted by Sebastián Criado en Jueves, abril 2, 2015 16:01

Por: Sebastián D. Criado

Hola “Pino”. Me dijeron que te llamas así. La verdad, no lo sé, pero quería hablarte.

A lo mejor nunca llegas a leer esto, a lo mejor sí, quién sabe por dónde se meten las palabras a veces.

Hoy nos encontramos, seguro que te acordas. Yo venía en mi bicicleta luego de haber hecho unos 17km, un poco cansado y distraído. Vos estabas sentado, seguramente, cerca del montículo de tierra que luego llegué a ver, escondido, esperando, hasta que me viste.

Apenas te vi cruzar la calle, supe para qué me querías encontrar. Te soy sincero, “Pino”, ese segundo me alcanzó para pensar varias formas de que no llegaras nunca a hacer lo que tenías pensado. Algunas de ellas, con resultados bastante dolorosos para vos. Pero no hice nada.

Seguramente porque cuando me enseñaste tu “herramienta” de trabajo, una pistola bastante oxidada, y me pediste que te diera la bici o “me quemabas” me di cuenta de que tenía que estar tranquilo. Mis lentes negros impedían que vieras lo que yo estaba mirando, así que pude verte bien. No tenes más de 1,65m de altura, vestías gorrita gris oscura, remera marrón gastada, pantalón corto y zapatillas, tu contextura era delgada, pelo corto, sin señas particulares visibles. Sos todo un estereotipo. También me fijé en que no tenías más que 16 años. Una carita de pibe que mostraba mucho miedo se dejaba ver y se sentía en tu voz de niño al pedirme la bici. Tenías más miedo que yo.

Si recordas, accedí sin miramiento alguno. Te dije, mientras me apuntabas con el fierro, que te quedaras tranquilo, que yo te daba lo que quisieras. Me bajé del asiento y la adelanté lo suficiente para que pudieras tomarla con la mano derecha.

Retrocedí con las manos en alto, un poco para que no te pongas loco, un poco para que alguien me viera, tenía esperanzas de que no te fueras con ella. Luego te di la espalda pensando en correr, lo que hice, y esperando que no tuvieras ganas de usar esa arma, que entre nosotros te digo, parecía no funcionar. Pero no importa, no soy experto en armas y no era el momento para averiguar si lo hacía o no.

Te quería contar una cosa “Pino”. Verás, esa bici para mí tenía un significado muy grande ¿sabes? No tengo idea ni siquiera de cuánto costo, ya que me la regaló para un cumpleaños alguien a quién amé mucho. Esa personita ya no está con nosotros y la extraño. Por eso, esa bici era un contacto con ella. Me servía para hacerle caso cuando me pidió que me cuidara. Y así lo hice. La bici había estado durmiendo durante varios años sin que la tocara siquiera. Luego que ella se fue, la comencé a usar para poder así estar un poco mejor, tanto del cuerpo como de mi cabeza.

Ahora la tenés vos.

Y bueno, no tenía tiempo para contarte todo eso. A lo mejor lo entendías, a lo mejor no.

Me hubiera gustado poder contarte.

Hasta acá, es la historia que vivimos los dos. Vos te fuiste y te metiste en los pasillos de la villa del Remanso Valerio. Te confieso que lo sé porque me di vuelta a verte.

Te sigo contando lo que pasó luego. Llamé al 911 y les dije lo que me habías robado. Les di la descripción tuya y les indiqué donde había sido. Tuve que llamar nuevamente, ya que la primera vez no entendieron bien la ubicación. Y sí, es un lugar que, aunque tendría que ser hermoso, es un verdadero desierto.

En eso se me acercó una señora que se ve que te conoce. Es de ella que obtuve tu apodo. ¿Sabes qué, pibe? A la señora la tenés cansada con los robos. Ella se quedó conmigo un rato hasta que llegaron los móviles de la policía. A ellos les volví a relatar lo sucedido y les di tus datos. Parecía que todo terminaba allí, pero les insistí en que fuéramos a buscarte a la villa. No podías estar muy lejos.

Al principio, me miraron azorados por mi pedido. Su intención era llevarme directamente a la comisaría a radicar la denuncia y pasar a algún otro tema. Pero insistí. Así, me subí al móvil y recorrimos los escasos 200 metros que hay desde el puente Rosario-Victoria hasta la villa.

Se bajó uno de los policías y me abrió la puerta para que bajara. En eso, cae otro móvil, esta vez de la policía que tiene jurisdicción en Granadero Baigorria. ¿Viste? Robar en el límite de dos ciudades aquí te hace más complicada la cosa, porque tenés el doble de policías buscándote.

Unos de los muchachos me preguntó si quería acompañarlo y así lo hice. Comenzamos a recorrer los pasillos de ese, tu lugar, el que vos seguramente conoces mejor que los policías. Ellos me confesaron que los visitan a menudo por cosas similares a la que vos hiciste. A veces, con buenos resultados.

La gente del lugar nos miraba sin asombro, como quienes están acostumbrados a que cada tanto haya canas dando vueltas buscando a alguien.

Las indicaciones no se dejaron esperar.

Algunos de los lugareños conocían bien al policía que venía conmigo, el cual saludaba dando la mano. En cada lugar donde mi acompañante realizaba este ritual, el lugareño le decía – “Estamos cansados ya” en alusión a los afanos y demás triquiñuelas que hacen algunos de tu bandita. ¿Sabes qué? Los tenés tan cansados como a la doña que me dijo tu sobrenombre.

Es verdad, también, que algunos otros nos querían tirar las pesquisas para el otro extremo de la villa, lo más lejos posible. Pero pibe, la cana ya te conoce. Te tiene muy junado . Hasta conocen la casa de tu abuela, a la que han tenido que ir varias veces. Fuimos hasta allí. Nadie nos respondía al pedido de permiso para pasar. A lo mejor me viste.

Seguimos recorriendo los pasillos -algunos, realmente, una obra del ingenio- que permitían acceder a las casas que estaban en parte de la barranca del Paraná. Allí, muchos pescadores nos saludaban, (sí, sí, nos saludaban). “Buen día”, les decía y contestaban muy amablemente. Gente laburante, che. Muy. Sus botes de madera descansaban atados con sogas derruidas a palos clavados en el barro que deja el gran río en las orillas.

Seguramente, siendo fecha de Semana Santa, habían trabajado toda la madrugada para llevar las piezas de Boga, Dorados y Patis que adornaban los puestos de venta de La Florida.

Pasamos a varias de sus casas. Humildes, sencillas y, lo que era mejor, desprovistas de cosas robadas, como mi bici.

También pasamos por lugares bastante olvidados por todos, donde niños jugaban en una pila de basura y donde parecía no haber agua, ni baño, ni nada.

A todo esto, comencé a ver que se sumaba más personal policial. Algunos comenzaron a mirar al piso y me llamaban cada tanto para que identificara una huella de bicicleta. Te digo la verdad, no me di cuenta cual podría ser. Había muchas, además. Tal vez de gente que, temprano, había salido con su bicicleta a trabajar, o de algún gurí como vos, que se ponía a andar por esos pasillos y calles que dejan las construcciones rudimentarias.

Cuando estaba allí dentro, comencé a comprenderte un poco. No debe ser nada fácil estar en un lugar con privaciones. Un lugar donde los vientos te pegan muy fuerte y con riesgo permanente a que esa barranca no aguante más y se venga abajo. Un lugar donde la falopa es a lo mejor el único refugio que tenés para no sufrir tanto que tu mami no está más con vos. Te imaginé al contemplar la carita de otros pibes de tu edad que estaban por allí mirando el operativo con un singular desprecio por la policía, en algunos casos hasta expresándolo a viva voz.

Algunos otros, mucho más chicos que vos, saludaban y se acercaban a ver qué pasaba. Ellos tenían siempre una sonrisa en la cara, los otros nos. ¿Será que el lugar y las carencias los van transformando? Me angustié mucho al imaginarte mañana, cuando ya entregaras mi bici al tipo que a la tardecita va a pasar a buscar las cosas afanadas. Ese que seguro te dará dos mangos por mi querida bicicleta con más historia que valor monetario.

Pero seguí. Y sí, seguí buscándote, “Pino”. Buscándote para en realidad encontrarla a ella. Si hubiera salido cualquier otra persona con la bici en la mano y me la entregaba, te juro que ni siquiera hacía la denuncia, pero no pasó así. Pese al operativo, que ya incluía a mucha más gente de la que me imagine que se pudiera incluir para un caso como este, no te encontramos. – “Que suerte”, dirás seguramente. Pero, pibe, ¡¡¡no es suerte!!! ¿Sabes qué pasa? Eso de estar jugado te va a pasar factura muy pronto. Ya me contaron que tenés un tiro en un brazo o una pierna, no recuerdo bien.

Pensalo un poco, “Pino”. Aunque sea un poco. La vida se te puede ir de las manos en un segundo.

A mí, lo único que me permitió aferrarme a la vida y no hacer nada cuando me tenías apuntado a la cabeza fue justamente pensar esto que te estoy diciendo.

Quiero vivir. Y vos también tendrías que querer hacerlo. No mereces que te encuentren tirado en la orilla del río con un balazo en la cabeza o con un puntazo en el costado producto de algún pescador del Remanso al que ya le colmaste la paciencia con tus fechorías.

¿Que vivís en un lugar de mierda? Sí, posiblemente. Pero allí también viven muchos otros y no salen a meter fierro. Esa es la mayoría. ¿Que la pasaste mal? Seguramente, como aquel pescador al que su hijo se le murió ahogado una noche de tormenta y hoy tiene que recordarlo cada mañana cuando sale a ganarse el pan. Creeme, “Pino”, siempre se puede cambiar y hacer otra cosa. Pensalo un poco, confia en que vivir es mejor que morir. Te ayuda que sos un pibe.
Sé que hoy a algunos pibes les duele la vida. Pero ¿sabes qué? A mí también a veces me duele la vida. Seguro que por otras cuestiones, pero me duele. En eso te entiendo.

Hace un esfuerzo, trata de mejorar, aprende a hacer algo nuevo y salí para adelante, “Pino”. No mereces morir.

Bueno, te termino de contar. Terminamos el operativo después un buen rato. Me invitaron a acompañarlos a la comisaría y allí deje mi historia en un papel del que me dieron copia sellada. – “Ya va a aparecer” me dijo el jefe. Opté por creerle. Todavía tengo esperanzas de que así sea.

Salí de allí ataviado con toda mi ropa para andar en bicicleta, incluso tenía todavía los guantes puestos.

Me tomé un taxi para volver a casa mientras llamaba a mi hermano para contarle lo que había pasado y, además, para pedirle prestada su bicicleta. – “Está desinflada, pero agarrala”, me dijo.

-”Hay que levantarse y seguir adelante. Siempre adelante” me dije.

Y así hice.

Llegué a casa, inflé las gomas de esa bicicleta y salí de nuevo a completar lo que había quedado trunco luego de ese encuentro fugaz entre mi bici, vos, yo y tu arma oxidada.

(gracias @la_peinacatu por las correcciones)

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