Criado Indomable

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Cuento: Historias en un bar Irlandés

Posted by Sebastián Criado en Sábado, marzo 28, 2015 16:38

Aquello-connell-sa noche de sábado la soledad empujó mi alma fuera de la casa sin haber planificado qué rumbo tomaría.

No era en ese momento un lugar acogedor, más bien todo lo contrario.

Pensé en caminar y contemplar el paisaje nocturno de la ciudad iluminada, pero opté por el lugar donde las alegrías y la melancolía pueden juntarse: un bar.
Elegí un bar Irlandés ubicado bastante lejos de mi casa. Tuve que tomar el transporte público para llegar a él. No iba a ser aconsejable la vuelta en mi propio vehículo.

Nunca supe por qué me gustan los bares Irlandeses, posiblemente sea porque tienen en general un ambiente distinto a los bucólicos y tradicionales cafés de Rosario. Eso y por la cerveza tirada, que antaño supo ser la mejor que se podía conseguir.

“Si vas a un bar solo, quédate en la barra, ¿qué sentido tiene ir a un bar si no es para sentarte en la barra?”, me dije.

Allí, de frente a las canillas de las variedades disponibles, con una tenue luz verde que iluminaba la madera del mueble, me senté esperando que mi cómplice, el barman, terminara de secar un vaso. El taburete era relativamente cómodo; pensaba yo que la relatividad estaba dada por el tiempo de permanencia y la cantidad de pintas consumidas, pero para alguien que entra sobrio y con tiempo estaba bien. A mi lado había una pequeña escultura de un duende, rodeada de muchas monedas de diferente denominación. Intuí que se trataba de algo que daba suerte y dejé 50 centavos esperando que mi mezquina ofrenda no ofendiera a la criatura celta. Casi con seguridad el duende se ofendería menos que los empleados siempre ávidos de una buena propina.

El lugar estaba coronado por una barra central en herradura con taburetes acomodados en todo su contorno externo. A ambos lados de ese mueble había una fila de mesas rectangulares para cuatro personas. Las mismas estaban ubicadas de forma que uno de los lados más angostos estaba apoyado contra la pared. Los asientos, de tipo bancos de madera, contaban con respaldares altos que impedían ver lo que pasaba en la mesa continua.
Contemplaba desde mi posición solitaria a las personas que estaban allí sentadas. La mayoría, parejas. Y un bullicioso grupo de amigas que tentaban la resistencia de sus hígados ingiriendo toc-toc de tequila. “No muy irlandés”, me dije desde mi lugar de crítico de las costumbres del lugar. En ese momento, era la única manera posible de paliar mi aburrimiento.

El barman se acercó y me tendió una carta de tragos y comidas. Me incliné por una pinta de la stout “Angus Black”, una cerveza de elaboración casi artesanal y distintiva del bar en el que estaba la cual era realizada por una pequeña empresa local.
Mi intención había sido ir a tomar unas pintas de Guinness, una marca muy conocida de stout procedente de Dublin, elaborada con cebada tostada sin fermentar. La cerveza irlandesa, que se consigue en casi cualquier parte de mundo, es demasiado cara en estas latitudes y yo no estaba dispuesto a dejar que me esquilmaran.

El muchacho rápidamente tomó un vaso y lo completó con precisión -desde la canilla que estaba directamente frente a mí-, hasta llegar al cuello, dejando que la espuma tocara suavemente los bordes. Con el vaso en una mano, limpió con el trapo la superficie de la barra y apoyó un posavasos con alguna publicidad a la que no le presté atención. Acomodó la pinta de cerveza sobre él y completó el ritual con una sonrisa y un “que la disfrute, señor”.

Le di un primer sorbo sintiendo un leve sabor amargo de su tostado, que se completó con un aroma a café y chocolate. Estaba buena. Valía los billetes.

Miró nuevamente mi entorno, buscando nada, sólo cambiando la vista. A la izquierda de donde me encontraba sentado y a pocos metros había una pareja en una mesa, la cual desentonaba con el resto. Ambos estaban sentados en el mismo banco.

Él, un señor que peinaba canas pasando los 50, ella, una morocha de hermosos cabellos rizados recién entrada en sus 30.

Por la forma en que el hombre hablaba, daba a entender que ese vaso de cerveza rubia medio vacío no había sido el primero y que, además, no estaba muy contento, aunque su cuerpo estaba totalmente inclinado hacia la chica que tenía al otro lado la pared. Parecía casi amenazante, como quién esta forzando algo. Ella tenía la sonrisa a flor de labios siempre, pero su mirada era nerviosa. Su daikiri de frutillas recién empezado estaba alejado unos cuantos centímetros, como quién ha decidido controlar la cantidad de alcohol que consume.

Sólo me llegaban algunas frases sueltas de lo que el hombre le decía, parecía hablar de negocios y de sucesos cotidianos. Plata, todo plata. El costo de esto, el costo de aquello. – “Nada romántico”, me dije. Sin embargo no podía dejar de mirarlos. A lo mejor porque estaba en una posición cómoda para hacerlo. Casi desapercibido, o al menos eso creía yo.

La chica parecía no estar cómoda, no sé por qué me preocupó. Sin embargo allí estaba, aguantando la charla de manera estoica, agregando cada tanto un “ah, que bueno”.
De pronto el hombre mayor se le abalanzó intentando besarla. La movida fue brusca y creí que tenía que levantarme, pero el beso fue esquivado con mucha sutileza por la morocha de rulos dejando que le impactara en la comisura y el cachete derecho. Su cara cambió a un gesto de desaprobación, casi repulsivo. Lo alejó con ambas manos apoyadas sobre sus hombros y comenzó a hablar ella. No oigo bien, pero a él no parece gustarle nada lo que está diciendo. ”Vos no podes saber eso” se escuchó estridente. ”Si se pone violento me tendré que levantar a repararlo”, me dije, pero la morocha continuó hablando, esta vez en un tono más afable, y riendo con igual resultado en su compañero o acosador. A esa altura, no sabía qué era, pero logré convencer a mi caballero interior que, aunque no la estaba pasando bien, tampoco corría peligro su integridad personal.

De pronto escucho que se abre la puerta del bar y entran tres personas. Dos chicas y un chico. Se sienten a mi lado, a la izquierda, muy cerca, tapando mi visión de la pareja que había estado observando.
La barra se llenó.

El trío parece habitué del lugar. El barman los conoce bien. Mucho.

Cambiaron los personajes, pero los cuentos se siguen contando. Sigo siendo invisible, aún sentado junto a ellos.

Por primera vez escucho al barman hablar fluidamente con alguien. Su acento entrerriano queda muy extraño junto a la música de “The Corrs” que está ambientando el lugar.

Su mirada se dirige a una de las chicas. A la otra se la ve muy acaramelada con el hombre que la acompaña.

Ella tiene un largo pelo lacio color castaño claro que le llega casi a la cintura. Alta, con bellas facciones pero dando la sensación de que no están articuladas para ser un rostro perfecto. Enmarcando su cara, lleva unos lentes tradicionales, casi cuadrados, de borde negro.
Algo muy de moda en está época, pero que a la mayoría de las personas no
favorece. Ella no era la excepción, aunque le quedaban lo suficientemente simpáticos. Camisa a cuadros y un tatuaje en la muñeca izquierda con una palabra que no llego a ver. En su mano, su teléfono celular.

El barman la interroga sobre su visita. Parece estar más interesado en eso que en preguntar qué van a tomar. Le pregunta entonces si ha estado saliendo con alguien. -”No”, contesta ella y se sonríe.

La obligación llama al muchacho mientras la chica se vuelca a su teléfono, ya que la pareja acompañante estaba demasiado ocupada consigo misma. El barman le trae una cerveza negra con cuerpo. A la pareja le pregunta y éstos le hacen un ademán señalando lo mismo que acaba de servir.
Rápidamente completa el servicio y se retira. La pareja sigue en su mundo y a la chica castaña no le queda más que mirar su celular.

Entra en carcajadas y les muestra a sus compañeros un vídeo que miran sin interés, para volver enseguida a lo suyo. Se nota que se siente de más en ese trío. Mira con frecuencia a su barman, que atiende a los que se acercan a la barra a buscar un trago. Se siente olor a cenizas de fuegos pasados.

Pasan unos largos minutos y vuelve el muchacho con un vaso de cerveza negra en la mano. ”’¿Te doy otra?”. Ella acepta. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya se había tomado la primera. Le deja el vaso y se aleja.

Tratando de buscar atención, habla con su amiga sobre Rosario y noto que también tiene un tono foráneo, no lo distingo, pero se me hace de provincia adentro. El “novio” de su amiga parece estar peleando por la atención y la gana hablando sobre calorías. Resignada, ella juega con el vaso mientras sigue mirando de reojo al barman. – “Es hora de que venga”, me digo, y lo llamo para una segunda pinta de Angus. La sirve casi sin mirarme, la deja sobre el posavasos antes de retirar el vaso vacío y nuevamente me ofrece una sonrisa automática y un ”que la disfrute, señor”.

Tomando un vaso que tenía oculto bajo la barra se dirige a la lacia castaña levantando la mano y pronunciando un ”dame esos cinco”, a lo cual ella responde y él toma un sorbo. Se conocen. Mucho. Se huele.

Ella lo mira fijo y deja descubrir lo que pasa. Le tira un firme beso al aire mientras la pareja disimula.

La noche avanza y, mientras sigue atendendiendo a los clientes, él se acerca a ella todo lo que puede, mientras ella juega con su pelo con una cara de niña que ya no es. Mantienen charlas cortadas que se van completando, hasta que surge una invitación a jugar al pool en un lugar que conozco bien, Bola 8, en Paraguay y San Juan, un clásico de la noche de Rosario donde se mezclan los amaterurs del taco con
los profesionales que celan las mesas de paño refinado.

Las miradas cómplices dejan ver que aunque se conocen desde hace mucho, hace
relativamente poco que se conocen en serio. La noche ya está planteada para estos cuatro y yo ya me terminé mi segunda pinta. Él tiene que terminar de trabajar y ella lo va a esperar hasta el final.

Me pongo de pie para irme.

Al levantarme veo a la anterior pareja, la de la mujer de los rulos y el cincuentón. Las cosas han cambiado un poco. La cerveza siguió fluyendo y él balbucea mirando fijo al frente.

Me quedo mirando de pie mientras hago como que acomodo mi campera. La cara de ella ha cambiado. Lo mira como una araña mira a una mosca. Pareciera que el hombre paso de la actitud acosador a ser la víctima de algo que ella quiere.
Le habla cerca, con voz firme pero casi inentendible para mi. Él asiente con la cabeza aceptando a pies juntillas lo que ella le está pidiendo o diciendo. No sabré nunca que pudo haber sido, pero la cara de la chica me daba una sensación extraña de encuentro prohibido, de mujer esperando a su marido y de una nueva concesión que se tendrá que hacer para seguir con lo que parece una relación de amantes.

Quedo estupefacto por el cambio, con la campera a medio poner. Me doy cuenta de que la noche no tiene santos y que las apariencias engañan. El barman me pregunta si perdí algo. De pronto ya no soy invisible y todos se dan vuelta a verme. –”Todavía no”, le respondo saliendo del lugar.

No creo haber alterado nada. La araña seguirá tejiendo su tela y la chica de pelo largo esperará para poder tener esa lección de pool, segura antesala a un encuentro más personal.

Fui sólo por un par de pintas y me traje adosadas un par de historias obtenidas a hurtadillas en la noche rosarina.

Autor: Sebastián D. Criado
(Gracias Silvina Márquez por la edición)

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