Criado Indomable

Un intento de Blog de Sebastián D. Criado – 09 F9 11 02 9D 74 E3 5B D8 41 56 C5 63 56 88 C0

El infierno

Posted by Sebastián Criado en Viernes, mayo 29, 2015 13:54

El infierno es un lugar donde estas solo y todos tus cariños y amores han muerto.

El infierno es un lugar que no parece el infierno, en el crees que estás vivo y seguís con tu rutina diaria.

¿Quién puede asegurar que no vivimos en el infierno?¿Quién puede negar que siempre hemos vivido en él y a lo mejor no nos hemos dado cuenta?

En el infierno te recuerdan a diario que sos mortal, que tus amigos, familiares y amores también y que no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

En el infierno se te llena de ilusiones sobre cosas que vendrán a futuro, solo para que al llegar el momento, se presenten otras cosas que vendrán futuro y que te esforzaras para alcanzar.

En el infierno ves almas sufrir ante la indiferencias de otras almas que sufren y no lo demuestran.

El infierno es ubicuo.

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Cuento: Un segundo

Posted by Sebastián Criado en Miércoles, abril 8, 2015 16:36

por: Sebastián D. Criado

¿Es esto? ¿Ya estoy muerto? Siempre pensé que sería algo menos extraño y que tendría la paz de no sentir absolutamente nada luego del instante final. Nada. Eso buscaba. La tranquilidad de la no existencia, aunque si lo pensamos bien, tampoco podría decirse que sería tranquilidad. Sería nada y simplemente nada. No. No la buscaba, pero la esperaba.

Al traspasar esa frontera no tendría posibilidad alguna de describir como sería algo que no es. Raro.

Sin embargo las cosas han tomado un giro que no imaginé. Aquí estoy pudiendo apreciar y sentir lo que está pasando ¿sentir es la palabra?, no se me ocurre otra en estos momento que pueda describir mejor lo que está pasando. JA, me extraña incluso poder decir que estoy describiendo algo.

Muy raro.

Pero lo más raro de todo no es que pueda sentir o describir algo. Lo más extraño de todo es que pueda comprenderlo, saborearlo y entender completamente lo que está pasando conmigo en este instante y
lo que pasará en los instantes que seguirán. Esa, esa es la clave. Los INS-TAN-TES.

El momento de morir no es algo que pueda marcarse como un mojón y decir “aquí termina la vida y aquí comienza la muerte”. No, lo tendríamos que definir como un proceso. Este proceso comienza en un punto y se expande a lo largo del tiempo. Recorriendo sus caminos a través del espacio. Hermoso continuo inseparable.

Pero bueno, para poder traducir de alguna forma lo que ahora me es tan transparente pero sin embargo difícil de bajar a un lenguaje entendible por ¿los vivos?,sí sí, digamos por los vivos, pondremos un momento de partida. De ahí en adelante estás muerto y antes, vivo.

Tendría que pedir disculpas por la contradicción en que incurrí, pero no me queda otra forma de explicarlo.

Y aquí estoy justo ahora, recién pasando esa barrera. Todavía hay oxigeno en mi sistema y la gran mayoría de mis células no se han enterado lo que lo está pasando.

Mis ojos están muy abiertos mirando esa luz fluorescente hipnótica en esta sala blanca del hospital y mi cerebro todavía está procesándolas, aunque ya no es él quién controla lo que sigue.

Mi corazón ahora mismo está terminando de vaciar el contenido de sus ventrículos en lo que será su último sístole. Mis pulmones ya casi no tienen el aire de esa última exhalación que deja salir al mundo un poco de dióxido de carbono. Mis músculos se comienzan a poner más laxos y relajados. No hay dolor.

Aquí en este instante comienza lo que hay que llamar “la expansión”.
Es más, todo esto lo he estado pensando mucho antes de poder expresarlo ¿expresarlo?, bueno, pensarlo ¿pensarlo es la palabra que busco?. Digamos simplemente que el tiempo se expande a mucha velocidad, tanta que tiende a infinito y todo eso comienza aquí, lo que me permite ahora estar surcando una nueva frontera en la cual puedo simplemente ser en el tiempo que se expande sin final esperado, e ir, sí, de apoco, perdiendo contacto con lo que era mi vida, para así surcar mi muerte. ¿La eternidad? No. La eternidad no es esto.

Si puedo describir lo que está pasando en estos momentos tengo que decir que es un viaje por el tiempo.

Apenas se han movido los átomos de esta habitación y ya estoy sabiendo como terminará este relato, porqué el final del mismo ya lo he hecho.

Y no solo lo he hecho, lo he corregido y realizado una y otra vez. Así es como se ¿siente? esta expansión. Lo que tengo a mi alrededor son todas las posibilidades que pude haber tenido a lo largo de mi vida. Todas las elecciones que he tomado, las preguntas que originaron tener que tomar una decisión, las respuestas que encontré, los diálogos que entablé. Las acciones que tomé, incluso las que me trajeron aquí. Todo. Todo disponible y todo junto. Puedo acceder a esto sin retardo alguno y analizarlo.

Ah, termino de repasar esa decisión un millón de veces y sigo tomando la misma.

De a poco lo que pasa en esa blanca habitación se va desvaneciendo.
Veo nuevas alternativas de caminos a tomar, los recorro a todos. Una, dos , tres veces.
Interesante que se me haya cruzado esa y no otra gente en la vida.
Comprendo ahora cosas que antes no podía siquiera tener la esperanza de comprender.
Y ahora lo hago tan claramente que asusta y sorprende.

Y el tiempo se abre camino dejándome una estela para seguir. Descubro que puedo recorrer el camino como quiera, y pararme donde quiera para mirar atrás o adelante. Ya no puedo siquiera decir que esta es una única dimensión.
El tiempo ha cobrado una realidad muy distinta a lo que pensaba que sería.

Siguen maravillándome cosas que antes también lo hacían. Lindos recuerdos y muy lindo poder nuevamente acceder a ellos. También hay otros recuerdos. Nunca antes había podido verlos con tanta claridad.
Será que ahora tienen mucho más sentido que antes y por eso puedo hacerlo. Aprendí.

Veo tu pelo y tus ojos. Esos ojos tristes llenos de lágrimas que me miran mientras vamos en la ambulancia. No, no llores. Todo va a salir bien, te lo prometo, vamos a poder hacer el viaje que planeamos. Perdón por haber tenido que aplazarlo. Uf, esto está doliendo un poco.
No, no llores mi amor. ¿Estoy mojado? Si, pero no es agua. Está también en tu blusa blanca con volados. Sabés como me gusta esa blusa que insinúa tu figura sin mostrar nada. Esas manchas no van a salir.

El aire se me está yendo y no puedo llenar los pulmones. El dolor es más intenso. Tengo miedo, amor, un poco, pero no te preocupes. Todo va a salir bien. Vos sólo no sueltes mi mano. La necesito para saber que estás acá. Es que tengo que cerrar los ojos un momento ya que me está costando enfocar. Tu cadenita de oro ¿donde está?, ¿se la llevó?

Ya llegamos, pronto estaré en la sala con vos cuidándome. Por favor, no llores amor, todo va a salir bien.

Cuidate por favor, que tenés que cuidarme a mí.

Me llevan a una sala blanca.

Qué rapidez que tuvieron para cortar mi ropa y ponerme en esa fría camilla. Mucho más frío estuvo el filo de ese bisturí que usaron para abrirme y sacar el plomo en mi pecho.

Dolor, mucho dolor.
Mi corazón está a punto de explotar.
No puedo, no puedo respirar.

Perdoname, amor.

Abro mis ojos y veo esa fría e hipnótica luz fluorescente que está encima mio.

(Gracias @silvinamarq por nuevamente ayudarme con la edición)

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Cuento: Carta al ladrón de mi bicicleta

Posted by Sebastián Criado en Jueves, abril 2, 2015 16:01

Por: Sebastián D. Criado

Hola “Pino”. Me dijeron que te llamas así. La verdad, no lo sé, pero quería hablarte.

A lo mejor nunca llegas a leer esto, a lo mejor sí, quién sabe por dónde se meten las palabras a veces.

Hoy nos encontramos, seguro que te acordas. Yo venía en mi bicicleta luego de haber hecho unos 17km, un poco cansado y distraído. Vos estabas sentado, seguramente, cerca del montículo de tierra que luego llegué a ver, escondido, esperando, hasta que me viste.

Apenas te vi cruzar la calle, supe para qué me querías encontrar. Te soy sincero, “Pino”, ese segundo me alcanzó para pensar varias formas de que no llegaras nunca a hacer lo que tenías pensado. Algunas de ellas, con resultados bastante dolorosos para vos. Pero no hice nada.

Seguramente porque cuando me enseñaste tu “herramienta” de trabajo, una pistola bastante oxidada, y me pediste que te diera la bici o “me quemabas” me di cuenta de que tenía que estar tranquilo. Mis lentes negros impedían que vieras lo que yo estaba mirando, así que pude verte bien. No tenes más de 1,65m de altura, vestías gorrita gris oscura, remera marrón gastada, pantalón corto y zapatillas, tu contextura era delgada, pelo corto, sin señas particulares visibles. Sos todo un estereotipo. También me fijé en que no tenías más que 16 años. Una carita de pibe que mostraba mucho miedo se dejaba ver y se sentía en tu voz de niño al pedirme la bici. Tenías más miedo que yo.

Si recordas, accedí sin miramiento alguno. Te dije, mientras me apuntabas con el fierro, que te quedaras tranquilo, que yo te daba lo que quisieras. Me bajé del asiento y la adelanté lo suficiente para que pudieras tomarla con la mano derecha.

Retrocedí con las manos en alto, un poco para que no te pongas loco, un poco para que alguien me viera, tenía esperanzas de que no te fueras con ella. Luego te di la espalda pensando en correr, lo que hice, y esperando que no tuvieras ganas de usar esa arma, que entre nosotros te digo, parecía no funcionar. Pero no importa, no soy experto en armas y no era el momento para averiguar si lo hacía o no.

Te quería contar una cosa “Pino”. Verás, esa bici para mí tenía un significado muy grande ¿sabes? No tengo idea ni siquiera de cuánto costo, ya que me la regaló para un cumpleaños alguien a quién amé mucho. Esa personita ya no está con nosotros y la extraño. Por eso, esa bici era un contacto con ella. Me servía para hacerle caso cuando me pidió que me cuidara. Y así lo hice. La bici había estado durmiendo durante varios años sin que la tocara siquiera. Luego que ella se fue, la comencé a usar para poder así estar un poco mejor, tanto del cuerpo como de mi cabeza.

Ahora la tenés vos.

Y bueno, no tenía tiempo para contarte todo eso. A lo mejor lo entendías, a lo mejor no.

Me hubiera gustado poder contarte.

Hasta acá, es la historia que vivimos los dos. Vos te fuiste y te metiste en los pasillos de la villa del Remanso Valerio. Te confieso que lo sé porque me di vuelta a verte.

Te sigo contando lo que pasó luego. Llamé al 911 y les dije lo que me habías robado. Les di la descripción tuya y les indiqué donde había sido. Tuve que llamar nuevamente, ya que la primera vez no entendieron bien la ubicación. Y sí, es un lugar que, aunque tendría que ser hermoso, es un verdadero desierto.

En eso se me acercó una señora que se ve que te conoce. Es de ella que obtuve tu apodo. ¿Sabes qué, pibe? A la señora la tenés cansada con los robos. Ella se quedó conmigo un rato hasta que llegaron los móviles de la policía. A ellos les volví a relatar lo sucedido y les di tus datos. Parecía que todo terminaba allí, pero les insistí en que fuéramos a buscarte a la villa. No podías estar muy lejos.

Al principio, me miraron azorados por mi pedido. Su intención era llevarme directamente a la comisaría a radicar la denuncia y pasar a algún otro tema. Pero insistí. Así, me subí al móvil y recorrimos los escasos 200 metros que hay desde el puente Rosario-Victoria hasta la villa.

Se bajó uno de los policías y me abrió la puerta para que bajara. En eso, cae otro móvil, esta vez de la policía que tiene jurisdicción en Granadero Baigorria. ¿Viste? Robar en el límite de dos ciudades aquí te hace más complicada la cosa, porque tenés el doble de policías buscándote.

Unos de los muchachos me preguntó si quería acompañarlo y así lo hice. Comenzamos a recorrer los pasillos de ese, tu lugar, el que vos seguramente conoces mejor que los policías. Ellos me confesaron que los visitan a menudo por cosas similares a la que vos hiciste. A veces, con buenos resultados.

La gente del lugar nos miraba sin asombro, como quienes están acostumbrados a que cada tanto haya canas dando vueltas buscando a alguien.

Las indicaciones no se dejaron esperar.

Algunos de los lugareños conocían bien al policía que venía conmigo, el cual saludaba dando la mano. En cada lugar donde mi acompañante realizaba este ritual, el lugareño le decía – “Estamos cansados ya” en alusión a los afanos y demás triquiñuelas que hacen algunos de tu bandita. ¿Sabes qué? Los tenés tan cansados como a la doña que me dijo tu sobrenombre.

Es verdad, también, que algunos otros nos querían tirar las pesquisas para el otro extremo de la villa, lo más lejos posible. Pero pibe, la cana ya te conoce. Te tiene muy junado . Hasta conocen la casa de tu abuela, a la que han tenido que ir varias veces. Fuimos hasta allí. Nadie nos respondía al pedido de permiso para pasar. A lo mejor me viste.

Seguimos recorriendo los pasillos -algunos, realmente, una obra del ingenio- que permitían acceder a las casas que estaban en parte de la barranca del Paraná. Allí, muchos pescadores nos saludaban, (sí, sí, nos saludaban). “Buen día”, les decía y contestaban muy amablemente. Gente laburante, che. Muy. Sus botes de madera descansaban atados con sogas derruidas a palos clavados en el barro que deja el gran río en las orillas.

Seguramente, siendo fecha de Semana Santa, habían trabajado toda la madrugada para llevar las piezas de Boga, Dorados y Patis que adornaban los puestos de venta de La Florida.

Pasamos a varias de sus casas. Humildes, sencillas y, lo que era mejor, desprovistas de cosas robadas, como mi bici.

También pasamos por lugares bastante olvidados por todos, donde niños jugaban en una pila de basura y donde parecía no haber agua, ni baño, ni nada.

A todo esto, comencé a ver que se sumaba más personal policial. Algunos comenzaron a mirar al piso y me llamaban cada tanto para que identificara una huella de bicicleta. Te digo la verdad, no me di cuenta cual podría ser. Había muchas, además. Tal vez de gente que, temprano, había salido con su bicicleta a trabajar, o de algún gurí como vos, que se ponía a andar por esos pasillos y calles que dejan las construcciones rudimentarias.

Cuando estaba allí dentro, comencé a comprenderte un poco. No debe ser nada fácil estar en un lugar con privaciones. Un lugar donde los vientos te pegan muy fuerte y con riesgo permanente a que esa barranca no aguante más y se venga abajo. Un lugar donde la falopa es a lo mejor el único refugio que tenés para no sufrir tanto que tu mami no está más con vos. Te imaginé al contemplar la carita de otros pibes de tu edad que estaban por allí mirando el operativo con un singular desprecio por la policía, en algunos casos hasta expresándolo a viva voz.

Algunos otros, mucho más chicos que vos, saludaban y se acercaban a ver qué pasaba. Ellos tenían siempre una sonrisa en la cara, los otros nos. ¿Será que el lugar y las carencias los van transformando? Me angustié mucho al imaginarte mañana, cuando ya entregaras mi bici al tipo que a la tardecita va a pasar a buscar las cosas afanadas. Ese que seguro te dará dos mangos por mi querida bicicleta con más historia que valor monetario.

Pero seguí. Y sí, seguí buscándote, “Pino”. Buscándote para en realidad encontrarla a ella. Si hubiera salido cualquier otra persona con la bici en la mano y me la entregaba, te juro que ni siquiera hacía la denuncia, pero no pasó así. Pese al operativo, que ya incluía a mucha más gente de la que me imagine que se pudiera incluir para un caso como este, no te encontramos. – “Que suerte”, dirás seguramente. Pero, pibe, ¡¡¡no es suerte!!! ¿Sabes qué pasa? Eso de estar jugado te va a pasar factura muy pronto. Ya me contaron que tenés un tiro en un brazo o una pierna, no recuerdo bien.

Pensalo un poco, “Pino”. Aunque sea un poco. La vida se te puede ir de las manos en un segundo.

A mí, lo único que me permitió aferrarme a la vida y no hacer nada cuando me tenías apuntado a la cabeza fue justamente pensar esto que te estoy diciendo.

Quiero vivir. Y vos también tendrías que querer hacerlo. No mereces que te encuentren tirado en la orilla del río con un balazo en la cabeza o con un puntazo en el costado producto de algún pescador del Remanso al que ya le colmaste la paciencia con tus fechorías.

¿Que vivís en un lugar de mierda? Sí, posiblemente. Pero allí también viven muchos otros y no salen a meter fierro. Esa es la mayoría. ¿Que la pasaste mal? Seguramente, como aquel pescador al que su hijo se le murió ahogado una noche de tormenta y hoy tiene que recordarlo cada mañana cuando sale a ganarse el pan. Creeme, “Pino”, siempre se puede cambiar y hacer otra cosa. Pensalo un poco, confia en que vivir es mejor que morir. Te ayuda que sos un pibe.
Sé que hoy a algunos pibes les duele la vida. Pero ¿sabes qué? A mí también a veces me duele la vida. Seguro que por otras cuestiones, pero me duele. En eso te entiendo.

Hace un esfuerzo, trata de mejorar, aprende a hacer algo nuevo y salí para adelante, “Pino”. No mereces morir.

Bueno, te termino de contar. Terminamos el operativo después un buen rato. Me invitaron a acompañarlos a la comisaría y allí deje mi historia en un papel del que me dieron copia sellada. – “Ya va a aparecer” me dijo el jefe. Opté por creerle. Todavía tengo esperanzas de que así sea.

Salí de allí ataviado con toda mi ropa para andar en bicicleta, incluso tenía todavía los guantes puestos.

Me tomé un taxi para volver a casa mientras llamaba a mi hermano para contarle lo que había pasado y, además, para pedirle prestada su bicicleta. – “Está desinflada, pero agarrala”, me dijo.

-”Hay que levantarse y seguir adelante. Siempre adelante” me dije.

Y así hice.

Llegué a casa, inflé las gomas de esa bicicleta y salí de nuevo a completar lo que había quedado trunco luego de ese encuentro fugaz entre mi bici, vos, yo y tu arma oxidada.

(gracias @la_peinacatu por las correcciones)

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Cuento: Historias en un bar Irlandés

Posted by Sebastián Criado en Sábado, marzo 28, 2015 16:38

Aquello-connell-sa noche de sábado la soledad empujó mi alma fuera de la casa sin haber planificado qué rumbo tomaría.

No era en ese momento un lugar acogedor, más bien todo lo contrario.

Pensé en caminar y contemplar el paisaje nocturno de la ciudad iluminada, pero opté por el lugar donde las alegrías y la melancolía pueden juntarse: un bar.
Elegí un bar Irlandés ubicado bastante lejos de mi casa. Tuve que tomar el transporte público para llegar a él. No iba a ser aconsejable la vuelta en mi propio vehículo.

Nunca supe por qué me gustan los bares Irlandeses, posiblemente sea porque tienen en general un ambiente distinto a los bucólicos y tradicionales cafés de Rosario. Eso y por la cerveza tirada, que antaño supo ser la mejor que se podía conseguir.

“Si vas a un bar solo, quédate en la barra, ¿qué sentido tiene ir a un bar si no es para sentarte en la barra?”, me dije.

Allí, de frente a las canillas de las variedades disponibles, con una tenue luz verde que iluminaba la madera del mueble, me senté esperando que mi cómplice, el barman, terminara de secar un vaso. El taburete era relativamente cómodo; pensaba yo que la relatividad estaba dada por el tiempo de permanencia y la cantidad de pintas consumidas, pero para alguien que entra sobrio y con tiempo estaba bien. A mi lado había una pequeña escultura de un duende, rodeada de muchas monedas de diferente denominación. Intuí que se trataba de algo que daba suerte y dejé 50 centavos esperando que mi mezquina ofrenda no ofendiera a la criatura celta. Casi con seguridad el duende se ofendería menos que los empleados siempre ávidos de una buena propina.

El lugar estaba coronado por una barra central en herradura con taburetes acomodados en todo su contorno externo. A ambos lados de ese mueble había una fila de mesas rectangulares para cuatro personas. Las mismas estaban ubicadas de forma que uno de los lados más angostos estaba apoyado contra la pared. Los asientos, de tipo bancos de madera, contaban con respaldares altos que impedían ver lo que pasaba en la mesa continua.
Contemplaba desde mi posición solitaria a las personas que estaban allí sentadas. La mayoría, parejas. Y un bullicioso grupo de amigas que tentaban la resistencia de sus hígados ingiriendo toc-toc de tequila. “No muy irlandés”, me dije desde mi lugar de crítico de las costumbres del lugar. En ese momento, era la única manera posible de paliar mi aburrimiento.

El barman se acercó y me tendió una carta de tragos y comidas. Me incliné por una pinta de la stout “Angus Black”, una cerveza de elaboración casi artesanal y distintiva del bar en el que estaba la cual era realizada por una pequeña empresa local.
Mi intención había sido ir a tomar unas pintas de Guinness, una marca muy conocida de stout procedente de Dublin, elaborada con cebada tostada sin fermentar. La cerveza irlandesa, que se consigue en casi cualquier parte de mundo, es demasiado cara en estas latitudes y yo no estaba dispuesto a dejar que me esquilmaran.

El muchacho rápidamente tomó un vaso y lo completó con precisión -desde la canilla que estaba directamente frente a mí-, hasta llegar al cuello, dejando que la espuma tocara suavemente los bordes. Con el vaso en una mano, limpió con el trapo la superficie de la barra y apoyó un posavasos con alguna publicidad a la que no le presté atención. Acomodó la pinta de cerveza sobre él y completó el ritual con una sonrisa y un “que la disfrute, señor”.

Le di un primer sorbo sintiendo un leve sabor amargo de su tostado, que se completó con un aroma a café y chocolate. Estaba buena. Valía los billetes.

Miró nuevamente mi entorno, buscando nada, sólo cambiando la vista. A la izquierda de donde me encontraba sentado y a pocos metros había una pareja en una mesa, la cual desentonaba con el resto. Ambos estaban sentados en el mismo banco.

Él, un señor que peinaba canas pasando los 50, ella, una morocha de hermosos cabellos rizados recién entrada en sus 30.

Por la forma en que el hombre hablaba, daba a entender que ese vaso de cerveza rubia medio vacío no había sido el primero y que, además, no estaba muy contento, aunque su cuerpo estaba totalmente inclinado hacia la chica que tenía al otro lado la pared. Parecía casi amenazante, como quién esta forzando algo. Ella tenía la sonrisa a flor de labios siempre, pero su mirada era nerviosa. Su daikiri de frutillas recién empezado estaba alejado unos cuantos centímetros, como quién ha decidido controlar la cantidad de alcohol que consume.

Sólo me llegaban algunas frases sueltas de lo que el hombre le decía, parecía hablar de negocios y de sucesos cotidianos. Plata, todo plata. El costo de esto, el costo de aquello. – “Nada romántico”, me dije. Sin embargo no podía dejar de mirarlos. A lo mejor porque estaba en una posición cómoda para hacerlo. Casi desapercibido, o al menos eso creía yo.

La chica parecía no estar cómoda, no sé por qué me preocupó. Sin embargo allí estaba, aguantando la charla de manera estoica, agregando cada tanto un “ah, que bueno”.
De pronto el hombre mayor se le abalanzó intentando besarla. La movida fue brusca y creí que tenía que levantarme, pero el beso fue esquivado con mucha sutileza por la morocha de rulos dejando que le impactara en la comisura y el cachete derecho. Su cara cambió a un gesto de desaprobación, casi repulsivo. Lo alejó con ambas manos apoyadas sobre sus hombros y comenzó a hablar ella. No oigo bien, pero a él no parece gustarle nada lo que está diciendo. ”Vos no podes saber eso” se escuchó estridente. ”Si se pone violento me tendré que levantar a repararlo”, me dije, pero la morocha continuó hablando, esta vez en un tono más afable, y riendo con igual resultado en su compañero o acosador. A esa altura, no sabía qué era, pero logré convencer a mi caballero interior que, aunque no la estaba pasando bien, tampoco corría peligro su integridad personal.

De pronto escucho que se abre la puerta del bar y entran tres personas. Dos chicas y un chico. Se sienten a mi lado, a la izquierda, muy cerca, tapando mi visión de la pareja que había estado observando.
La barra se llenó.

El trío parece habitué del lugar. El barman los conoce bien. Mucho.

Cambiaron los personajes, pero los cuentos se siguen contando. Sigo siendo invisible, aún sentado junto a ellos.

Por primera vez escucho al barman hablar fluidamente con alguien. Su acento entrerriano queda muy extraño junto a la música de “The Corrs” que está ambientando el lugar.

Su mirada se dirige a una de las chicas. A la otra se la ve muy acaramelada con el hombre que la acompaña.

Ella tiene un largo pelo lacio color castaño claro que le llega casi a la cintura. Alta, con bellas facciones pero dando la sensación de que no están articuladas para ser un rostro perfecto. Enmarcando su cara, lleva unos lentes tradicionales, casi cuadrados, de borde negro.
Algo muy de moda en está época, pero que a la mayoría de las personas no
favorece. Ella no era la excepción, aunque le quedaban lo suficientemente simpáticos. Camisa a cuadros y un tatuaje en la muñeca izquierda con una palabra que no llego a ver. En su mano, su teléfono celular.

El barman la interroga sobre su visita. Parece estar más interesado en eso que en preguntar qué van a tomar. Le pregunta entonces si ha estado saliendo con alguien. -”No”, contesta ella y se sonríe.

La obligación llama al muchacho mientras la chica se vuelca a su teléfono, ya que la pareja acompañante estaba demasiado ocupada consigo misma. El barman le trae una cerveza negra con cuerpo. A la pareja le pregunta y éstos le hacen un ademán señalando lo mismo que acaba de servir.
Rápidamente completa el servicio y se retira. La pareja sigue en su mundo y a la chica castaña no le queda más que mirar su celular.

Entra en carcajadas y les muestra a sus compañeros un vídeo que miran sin interés, para volver enseguida a lo suyo. Se nota que se siente de más en ese trío. Mira con frecuencia a su barman, que atiende a los que se acercan a la barra a buscar un trago. Se siente olor a cenizas de fuegos pasados.

Pasan unos largos minutos y vuelve el muchacho con un vaso de cerveza negra en la mano. ”’¿Te doy otra?”. Ella acepta. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya se había tomado la primera. Le deja el vaso y se aleja.

Tratando de buscar atención, habla con su amiga sobre Rosario y noto que también tiene un tono foráneo, no lo distingo, pero se me hace de provincia adentro. El “novio” de su amiga parece estar peleando por la atención y la gana hablando sobre calorías. Resignada, ella juega con el vaso mientras sigue mirando de reojo al barman. – “Es hora de que venga”, me digo, y lo llamo para una segunda pinta de Angus. La sirve casi sin mirarme, la deja sobre el posavasos antes de retirar el vaso vacío y nuevamente me ofrece una sonrisa automática y un ”que la disfrute, señor”.

Tomando un vaso que tenía oculto bajo la barra se dirige a la lacia castaña levantando la mano y pronunciando un ”dame esos cinco”, a lo cual ella responde y él toma un sorbo. Se conocen. Mucho. Se huele.

Ella lo mira fijo y deja descubrir lo que pasa. Le tira un firme beso al aire mientras la pareja disimula.

La noche avanza y, mientras sigue atendendiendo a los clientes, él se acerca a ella todo lo que puede, mientras ella juega con su pelo con una cara de niña que ya no es. Mantienen charlas cortadas que se van completando, hasta que surge una invitación a jugar al pool en un lugar que conozco bien, Bola 8, en Paraguay y San Juan, un clásico de la noche de Rosario donde se mezclan los amaterurs del taco con
los profesionales que celan las mesas de paño refinado.

Las miradas cómplices dejan ver que aunque se conocen desde hace mucho, hace
relativamente poco que se conocen en serio. La noche ya está planteada para estos cuatro y yo ya me terminé mi segunda pinta. Él tiene que terminar de trabajar y ella lo va a esperar hasta el final.

Me pongo de pie para irme.

Al levantarme veo a la anterior pareja, la de la mujer de los rulos y el cincuentón. Las cosas han cambiado un poco. La cerveza siguió fluyendo y él balbucea mirando fijo al frente.

Me quedo mirando de pie mientras hago como que acomodo mi campera. La cara de ella ha cambiado. Lo mira como una araña mira a una mosca. Pareciera que el hombre paso de la actitud acosador a ser la víctima de algo que ella quiere.
Le habla cerca, con voz firme pero casi inentendible para mi. Él asiente con la cabeza aceptando a pies juntillas lo que ella le está pidiendo o diciendo. No sabré nunca que pudo haber sido, pero la cara de la chica me daba una sensación extraña de encuentro prohibido, de mujer esperando a su marido y de una nueva concesión que se tendrá que hacer para seguir con lo que parece una relación de amantes.

Quedo estupefacto por el cambio, con la campera a medio poner. Me doy cuenta de que la noche no tiene santos y que las apariencias engañan. El barman me pregunta si perdí algo. De pronto ya no soy invisible y todos se dan vuelta a verme. –”Todavía no”, le respondo saliendo del lugar.

No creo haber alterado nada. La araña seguirá tejiendo su tela y la chica de pelo largo esperará para poder tener esa lección de pool, segura antesala a un encuentro más personal.

Fui sólo por un par de pintas y me traje adosadas un par de historias obtenidas a hurtadillas en la noche rosarina.

Autor: Sebastián D. Criado
(Gracias Silvina Márquez por la edición)

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10 Reglas para la venta de humo

Posted by Sebastián Criado en Jueves, octubre 23, 2014 15:54

Les dejo aquí un decálogo para la venta de humo, en especial, en el área de sistemas y seguridad. Igualmente puede ser utilizado para otros tipos de humo sin problemas con algunas adaptaciones:
humo

  1. Ponerles nombres en ingles al producto, evento o empresa.
  2. Buscar quienes puedan dar fe (aunque no sea verdad) que lo que haces está bueno
  3. Busca convalidar lo que vendes con estadísticas. Si es necesario, ajusta los ejes.
  4. Siempre estar atento a lo que el público piensa que necesita y ajustar lo que ofreces para eso.
  5. Si puedes y tienes tiempo, escribe un libro sobre tu smog.
  6. (cuando tenes empleados) Pone un living con PS3, gaseosas, papitas y metegol. Siempre impresiona.
  7. Vende humo sobre el trabajo. Que piensen que trabajas en un lugar re groso así no tienen que preguntar que es lo que realmente vendes.
  8. (sobre todo en seguridad): Sembrar o usar el miedo a una catástrofe para vender tu caja-soluciona-todo.
  9. Certificar el primer modulo de cualquier curso (los primeros módulos siempre son los más simples y rápidos) y poner el logo en web.
  10. Arma una lista de 10 cosas y publicalas en redes sociales.😀

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